VILLA CERRO AZUL : Morteros del Chavascate

Muchos especialistas en arqueología de los pueblos originarios Comechingones han visitado los morteros ubicados en las inmediaciones del Villa Cerro Azul.
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Muchos especialistas en arqueología de los pueblos originarios Comechingones han visitado los morteros ubicados en las inmediaciones del Villa Cerro Azul.

En el año 2006 la Comuna declaró los morteros en las inmediaciones de la localidad  “Sitio de Interés Histórico Cultural”, en dicho lugar, según estudios realizados los comechingones realizaban tareas cotidianas como molienda de maíz, recolección de frutos de algarrobo y de chañar; cultivo de zapallos, etc .

Si tenemos en cuenta la escasa cantidad de morteros, podemos deducir que en el lugar sólo se realizaban moliendas destinadas a grupos familiares y no para grandes asentamientos ni para moliendas comunitarias o colectivas.

Desde una perspectiva arqueológica, el especialista,  Andrés Laguens analiza la situación social, política y económica en la que se encontraban las sociedades aborígenes del valle de Copacabana en momentos del contacto hispano indígena. Si bien el autor es prudente, no se descarta la posibilidad de que en todo el territorio de las Sierras Centrales se haya puesto en marcha un proceso de reestructuración de las jerarquías políticas, en un momento donde la circunscripción social y ambiental comenzó a presionar a las sociedades que veían disminuidos sus medios de supervivencia.

El sistema de asentamientos alrededor de los sitios arqueológicos de Copacabana se organizó tradicionalmente en torno a poblados de distinto tamaño y dispersos a lo largo de todo el valle, con una estrategia económica centrada en el uso diferencial del ambiente y aprovechando las variaciones de los pisos ecológicos para combinar de manera alternativa y complementaria la agricultura con la recolección y la caza. Posteriormente, el aumento progresivo de la población, sumado a la restricción impuesta por fronteras naturales o étnicas que impedían la fisión y expansión de las sociedades, produjo un agotamiento acelerado del ambiente que veía disminuida su potencialidad de carga para sustentar a toda esa gente, obligando a encontrar nuevas estrategias de ajuste para enfrentar esta nueva situación. Se estima para el valle de Copacabana que sobre un total de veinte asentamientos ocupando una superficie de 800 km2, existió una densidad poblacional mínima de 6150 habitantes, mientras que la capacidad de carga del ambiente alrededor de los sitios ha sido calculada para sustentar nada más que a 3000, teniendo en cuenta las estrategias de recolección y agricultura. Cada pueblo podía estar constituido entre 15 y 40 casas, y la población fluctuaba entre las 240 a 800 personas. Por otro lado, se observa que los radios de aprovisionamiento circundantes de cada pueblo se superponen, lo que está queriendo decir que más de una unidad de asentamiento estaría utilizando la misma zona de captación de recursos. Para Laguens esto refuerza la idea de que la organización social de los sitios dispersos se halla “bajo un único sistema de asentamiento extendido, sustentado por lazos de parentesco y sentido de pertenencia etnica”.

Suponiendo de que los morteros rupestres de Villa Cerro Azul no se traten más que de primitivos instrumentos utilizados para la molienda de alimentos, cabe preguntarse entonces si en un patrón de asentamiento disperso y condicionado por los cursos de agua permanente, no haya sido posible hallar otros morteros fijos, como lo hemos podido corroborar a partir de nuestra inspección, recorriendo el río desde la estancia Agua de Oro hasta la capilla de Candonga, en un promedio de 7 km. Es necesario aclarar que las tierras del Chavascate corresponden a las actuales localidades de El Manzano, Agua de Oro y Villa Cerro Azul . Por otro lado, insistimos que el uso del mortero globular seleccionado de cantos rodado abundantes en el río, son más útiles para utilizar en la molienda dada su facilidad para trasportar la piedra al resguardo del sol, del frío o en épocas de lluvia.

El hecho de encontrarse a la intemperie y muchas veces sumergidos por el agua que se deposita dentro de ellos durante los períodos pluviales, los vuelve poco útiles como instrumentos para la elaboración de alimentos. Para Alberto Assadourian, es probable que muchos de los morteros rupestres fijos hayan sido utilizados como contenedores recipiendarios para la elaboración de brebajes y zumos hechos a base de la fermentación de la algarroba con el agua. No sería equivocado pensar entonces estos sitios como verdaderos centros culticos, a los que se congregaban las distintas parcialidades o pueblos de una misma comarca para reafirmar sus lazos de compromiso e identidad étnica. Observando el terreno, podemos suponer que no  todos los morteros han recibido el mismo tratamiento y uso. Mientras que en algunos se observa que la superficie de su interior presenta un evidente acabado pulido, otros morteros parecen simplemente haber sido excavados sin presentar rastros de uso intensivo de manos o moletas mediante el golpe y la rotación con la piedra en el ejercicio de la molienda .

Lamentablemente no hemos encontrado hasta el momento bibliografía que nos puedan brindar datos sobre la población indígena del Chavascate al momento de la fundación de Córdoba. Tampoco hemos hallado referencias sobre la respectiva cédula de encomienda, ya que nos permitiría averiguar si el patrón poblacional de estrategia basada en la dispersión de asentamientos, corresponde con la región analizada. Sin embargo, la biblioteca Arturo Capdevilla nos ha facilitado un ejemplar del Libro de Mercedes de Tierras de Córdoba otorgadas entre los años 1573 a 1600. Este documento abre un interrogante sobre la organización sociopolítica de los aborígenes del Chavascate, considerando que la dispersión de los asentamientos necesariamente obligaba a la conducción de dos líneas de autoridad, donde cada parcialidad contaba con su respectivo cacique y a su vez, estos se sometían voluntariamente bajo la conducción de un cacique mayor. Generalmente el rango de cacique mayor se heredaba de padre a hijo. Es interesante entonces analizar la respectiva merced de tierras otorgada el 30 de octubre de 1585 por el teniente de gobernador Juan de Burgos al encomendero Juan de las Casas, en un acto que consideramos inédito desde el punto de vista jurídico español en lo que respecta a la toma de posesión de las tierras habitadas por indios. Josefina Piana de Cuestas dice al respecto: “El sistema jurídico colonial beneficia ampliamente las reivindicaciones de los españoles a las tierras indígenas. Si bien la jurisdicción de Córdoba (Gobernación del Tucumán) carece de la institución de la composición de tierras – con la actuación formal de un visitador de la Corona atribuyendo los terrenos indígenas “excedentes” a los españoles que los reclaman- , los gobernadores, y en ocasiones los tenientes de gobernadores, otorgan ese tipo de merced, ante pedidos concretos de los encomenderos locales. En esos casos, dos motivos son esgrimidos en forma constante por los conquistadores: la existencia de tierras no aprovechadas por los indígenas de encomienda para su subsistencia, y la reducción en pueblos puesta en práctica por los vecinos feudatarios de Córdoba”.

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