RÍO TERCERO: Construyeron un panteón tan grande para que se viera desde el campo de Tancacha.

Fuente de Información y Foto: Darío Comba (Río Tercero de Ayer y de hoy)
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Fuente de Información y Foto: Darío Comba (Río Tercero de Ayer y de hoy)

Redacción: Gerardo “Tito” Bessone

Muchas personas tenemos la costumbre de cuando visitamos una ciudad pasar, aunque más no sea unos minutos, por sus cementerios ya que en ellos está reflejada parte de la historia, las costumbres y los estilos de vida del lugar.

Fui de niño, hace muchos años, al cementerio de Río Tercero pero no lo recuerdo bien; esta historia me llegó a través de un enlace que una lectora de www.regiondelmani.com.ar me envió como mensaje privado y a través de la narración de Darío Comba podemos armar la historia.

Por allá en el año 1930 Juan Bono viaja desde un campo en la localidad de Tancacha para hacer el viejo servicio militar obligatorio en la Ciudad de Córdoba; dejando en el campo a sus padres Bernardo Bono y María Macagno junto a sus hermanos .

Una noche doña María tuvo un mal sueño, algo así como un presagio de que algo malo le estaba pasando a su hijo Juan, en aquella época la conscripción se realizaba a los 21 o 22 años dependiendo en que mes del año había nacido el soldado, le pidió a su esposo que la llevara hasta Córdoba para verlo y fue tanta la insistencia que Bernardo accedió y la llevó hasta la Ciudad.

El presentimiento de la señora no había sido en vano cuando llegaron se enteraron que Juan estaba en una cama de Hospital por una neumonía  fulminante y pocas horas después de la llegada de sus padres fallece.

El matrimonio Bono encarga en homenaje de su hijo una obra arquitectónica que aún hoy llama la atención de quienes visitan el cementerio de Río Tercero un panteón imponente llevada a cabo por la empresa constructora de Pedro Sacchetti.

La altura del monumento era lo que más interesaba y la explicación tiene que ver con el amor a la memoria de su hijo Juan; los Bono vivían en un campo en la zona de Tancacha y gracias a la altura del panteón y gracias a haber edificado un piso más en su casa de campo doña María Macagno podía ver desde un balcón de la morada rural el panteón donde descansaban los restos de su hijo.

Mirar desde lejos el sepulcro prácticamente era su única tarea diaria hasta que fallece a los 44 años de depresión y tristeza. Al poco tiempo también joven deja este mundo el padre del joven fallecido.

Los seres humanos estamos preparados para despedirnos de nuestros padres pero nadie está preparado para llorar la muerte de un hijo, un dolor tan grande que no tiene nombre, al que pierde a su pareja se lo llama viudo, el que pierde a sus padres se lo llama huérfano; pero al que pierde un hijo aún nadie pudo darle una palabra que lo represente.

 

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